¿Sentados, mujer arriba, hombre arriba, de pie, penetración por detrás, la típica postura del Misionero? Si algo está claro en esto de elegir la mejor postura para hacer el amor es la subjetividad de la cuestión. En efecto, para gustos los colores, y para posiciones mejores, las preferencias de cada pareja.

Aun así, siempre hay algunas posturas que pueden catalogarse de especialmente placenteras, al margen de que luego resulten mejor o peor por un sinfín de motivos. Por lo tanto, si de satisfacción se trata, sugerimos una serie de posiciones que permiten controlar la profundidad y la intensidad sin descuidar las caricias.

Además de preferirse una u otra, el simple hecho de cambiar de postura también resulta excitante, por lo que variar y practicar distintas posibilidades es un modo de facilitar el orgasmo a hombres y mujeres, indistintamente. El simple hecho de aventurarse, de ir probando, nos acerca a tener una vida sexual más satisfactoria.

Sencillez y control

No es necesario hacer equilibrismos, ni mucho menos, para sentir un placer máximo entre las sábanas. Hacer el amor tumbados en posición horizontal, con el hombre encima de la mujer (postura del Misionero) o ambos ladeados, posibilita controlar el ritmo, que será más fuerte si elevando ella las piernas y apoyándolas en él.

Se trata de una postura perfecta para controlar movimientos, en la que el cara a cara permite una compenetración emocional gracias a las miradas, las caricias, los susurros y los besos.

Otra opción es que la mujer se ponga boca abajo, con el hombre encima, igual que en el Misionero, lográndose mayor placer femenino al frotar más las paredes de la vagina. Si, además, se estimula el clítoris, el placer se multiplicará.


Con ambos sentados, ella encima de él, que tendrá las piernas estiradas, tenemos una postura en la que el mando lo lleva ella en cuanto a intensidad, ritmo y profundidad, si bien los dos dan y reciben caricias y besos.

Si el hombre se sitúa tras ella, los dos de costado, el placer de los amantes será casi a la carta, pues están controlando ambos. Un truco: al abrir las piernas, la penetración se intensifica, y al bajarlas y cerrarlas, pene y vagina experimentan una presión muy placentera. Tras la penetración, la mujer tiene libertad de movimientos para alcanzar el clímax antes o después.